Dije adiós y la puerta se cerro sin mirar hacia atrás. Tantos desafíos, retos y caídas que no supimos como rehacernos una vez más. Benditos años en los que la vida parecía una cuenta atrás hacia quién sabe donde. Y tan solo dieciséis primaveras llevaba en la maleta junto a unas cuantas fotografías borrosas. Creía que el tiempo se acababa entre besos mal hechos y pantalones descosidos de confianza. Sin duda, no estaba hecha un lío, era un completo lío, un whisky sin hielo, un cigarro sin humo que intente escaparse de tu boca. Las guitarras dejaron de sonar lejos para venir con acordes suaves a abrazarte cada mañana y los hoyuelos en camas ajenas estuvieron dispuestos a acompañarte a casa todas las noches. Nunca supimos qué pasó exactamente, solo supimos que fue jodidamente perfecto. Intentaste aprender a sobrevivir, hacer de tu lío una filosofía de vida complementada con unos gramos de insatisfacción dos veces al mes. Los inviernos se volvieron menos amargos y lo directamente proporcional ahora era tu sonrisa a mi lado. En el noveno Diciembre de mi vida, quedaste reducido a amor. A perderse en la pequeña ciudad y a soñar con conquistar una más grande, menos bonita y con más precipicios que amistades. Todo, sin duda, quedó reducido a que por mi tripa se ha hecho un poco mayor. Donde sus pasos encaminan proyectos que quién sabe donde acabarán.
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